Irum reapareció en casa de Libi una mañana de viernes, sin aviso, pero tocando el timbre.
—Vine porque contestar todos los mensajes que me enviaste me habría tomado mucho tiempo.
Libi rodó los ojos, ella sólo estaba preocupada como lo estaría por cualquiera. Hizo énfasis en la palabra «cualquiera».
Pero Irum no era cualquiera y él lo sabía. Con la autoridad que le confería el sentirse apreciado nuevamente por ella, acortó la distancia y le dio un beso. Medio beso, en realidad, la otra mitad