Le recorrió la columna como hielo, pero no estaba frío… quemaba. Un fuego extraño y abrasador que comenzó en lo profundo de su ser y se extendió como una ola. El aliento se le detuvo en la garganta. Se llevó las manos al pecho, tambaleándose mientras sus rodillas casi cedían bajo su peso.
Sus ojos se agrandaron por el pánico.
Los árboles a su alrededor se veían igual. Los guerreros permanecían donde estaban. Gavriel no se había movido de su conversación a lo lejos. Pero todo se sentía... mal.