El penthouse estaba en silencio, como si el aire mismo se negara a moverse. Cerré la puerta con un chasquido seco y dejé caer el saco sobre una de las sillas del comedor sin siquiera mirarla. Mi reloj tintineó contra la madera, marcando la hora exacta en la que me había convertido en huésped de mi propia vida.
Las luces de la ciudad se filtraban por los ventanales. Allí, de pie frente al vidrio, me sentí como un extraño observando un mundo al que alguna vez creí pertenecer. La copa de whisky qu