El amanecer se filtraba por los ventanales del penthouse, dibujando líneas de un gris pálido sobre el suelo de mármol. Yo no había dormido. Había pasado la noche en un sillón junto a la cama, observándola. Viéndola respirar. Cada inhalación suya era un ancla que me impedía salir a la ciudad y desatar el infierno que ardía en mi interior.
Ivy dormía finalmente, pero no era un sueño plácido. Era el sueño pesado y sin sueños del agotamiento absoluto. De vez en cuando, un murmullo se escapaba de su