El sonido de la puerta del coche cerrándose fue un chasquido seco, definitivo, que me devolvió a la realidad. O a lo que quedaba de ella. Estaba temblando, un temblor incontrolable que nacía en la boca del estómago y se extendía hasta la punta de mis dedos. Xander me rodeaba con sus brazos, su cuerpo era una muralla contra la noche, contra el eco de las palabras que acabábamos de escuchar.
“Al igual que el niño que espera.”
La traición de Adrian ya no era una herida. Era una amputación. Me habí