IVY
Había forjado una tregua con mi adversario. Y mientras salíamos juntos de esa sala de juntas, ya no como enemigos, sino como dos generales al mando del mismo ejército, no sabía si eso era una victoria… o el error más grande de mi vida.
Regresamos a mi oficina en un silencio denso, pero ya no era el silencio helado de la distancia, sino uno cargado de estrategia y de preguntas sin formular. La adrenalina de la reunión aún corría por mis venas, una corriente eléctrica que mantenía a raya el agotamiento y las náuseas.
Cerré la puerta y me giré para encararlo. Él se había quitado la chaqueta y se arremangaba las mangas de la camisa con un gesto lento y deliberado, como si se preparara para un trabajo largo y sucio. Se apoyó en el borde de mi escritorio, cruzando los brazos. La imagen era tan familiar, tan cargada de nuestra historia de confrontaciones, que por un instante sentí la necesidad de ponerme a la defensiva. Pero las reglas habían cambiado.
— De acuerdo, socio — dije, tomando