Estábamos de pie, en el umbral de mi oficina, el eco de nuestro pacto aún vibrando en el aire. “Somos socios, ¿recuerdas?”. La frase de Xander, dicha con una suavidad que no le era propia, se había quedado suspendida entre nosotros, una promesa tan frágil como el cristal. Por primera vez en meses, sentía que no estaba sola en la trinchera. La carga, aunque inmensa, parecía un poco más ligera.
Él asintió y se giró para irse. Pero justo en ese momento, su tablet, que había dejado sobre la mesa, emitió un pitido. Una notificación de Mark, su jefe de seguridad.
Fue un vistazo fugaz. Él intentó apartar la pantalla, pero mis ojos, entrenados para captar detalles, fueron más rápidos.
Una foto.
Un mensaje.
El tiempo se detuvo. El aire se solidificó en mis pulmones. La imagen era granulada, tomada desde lejos con un teleobjetivo, pero las dos figuras eran inconfundibles.
Adrian Castellanos, sentado en la terraza de un café esa misma tarde. Su sonrisa era relajada, familiar, la misma que me hab