La miré, y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué decir. El eco de mis propias palabras “Porque tú no le perteneces a él” todavía flotaba en el aire, cargado de una posesividad cruda y primitiva que ni yo mismo sabía cómo justificar. Su rostro era un lienzo de agotamiento, rabia y una vulnerabilidad tan profunda que me sentí como un intruso observando algo sagrado y roto.
Pensar que estaba llorando por él. Por Adrian. La idea era una brasa ardiente en mi estómago. Verla así, deshecha, y