El sonido de las llaves girando en la cerradura fue tan nítido, tan inesperado, que me hizo dar un respingo. El llanto se me atoró en la garganta, convirtiéndose en un jadeo ahogado. Me incorporé sobre la cama, con el corazón martilleándome contra las costillas, y me froté los ojos con el dorso de la mano, intentando borrar sin éxito el rastro de las lágrimas.
La puerta se abrió con un suave crujido. Y ahí estaba él.
Xander.
Se detuvo en el umbral, con la silueta recortada contra la luz tenue d