Capítulo 6

​Beth estaba tan absorta observando la concurrida carretera que no notó la imponente figura que se le acercaba por detrás. Alex detuvo sus pasos justo detrás de ella y se aclaró la garganta.

​Beth se dio la vuelta; el corazón le saltó a la garganta al ver la imponente figura de Alex cerniéndose sobre ella. Se sobresaltó, con el aliento entrecortado.

—¡Usted! ¿Aquí? —soltó, desconcertada por su repentina aparición. Se preguntó qué estaría haciendo él en el hospital.

​Alex se sentía aburrido. Había venido para un chequeo. ¿Quién hubiera pensado que ella también visitaría el mismo hospital para tratarse las heridas?

Fingiendo desinterés, se metió las manos en los bolsillos.

—Resulta que este es el hospital de mi familia —dijo con ligereza.

—¡Ya veo! —murmuró ella aturdida.

​«¡Esto podría ser una buena señal, un golpe de suerte! Alex es guapo, rico y listo; el deseo de cualquier mujer. Casarse con él se consideraría una fortuna, ¿verdad?».

Beth creía que casarse con este hombre podría solucionar los problemas médicos de su madre. Sonrió con esperanza.

​Alex se removió, incómodo bajo su escrutinio.

—¡Señorita Morgan! Quería hablar conmigo —le recordó con un toque de molestia.

—¡Sí, cierto! —balbuceó buscando las palabras—. Sobre su oferta... Estaba pensando en ella. ¿Sigue en pie?

Él inclinó ligeramente la cabeza y la estudió con la mirada entrecerrada.

—Yo, eh, quería decir... —continuó Beth, con la voz apagándose—. Si aún no ha elegido a otra persona, estoy interesada.

—Señorita Morgan, muchas mujeres quieren casarse conmigo —afirmó Alex, con el tono gélido regresando a su voz—. ¿Por qué tiene la idea errónea de que todavía estoy esperando su respuesta?

​—¡Oh! ¡Usted... ya encontró a alguien! —El rostro de Beth decayó. La luz de esperanza en sus ojos se apagó. La desesperación la envolvió de nuevo. Tenía que encontrar otra forma de conseguir el dinero—. Siento haberlo molestado. Me retiro entonces. —Se dio la vuelta para irse.

—Espera. —Alex la detuvo y la tomó de la mano, sorprendiéndola con su toque firme—. Ven conmigo.

Antes de que pudiera preguntar nada, la condujo hacia un elegante coche negro estacionado junto a la acera.

​El lujoso interior de cuero del coche los absorbió por completo mientras Beth se hundía en el asiento trasero. Alex se deslizó a su lado y se volvió hacia ella, con una expresión ilegible.

Comenzó a hablar, con un rastro de frustración asomando en su voz:

—Mi abuelo me está presionando para que siente cabeza. Casarme no está exactamente en mis planes ahora mismo, así que he ideado una solución.

Beth no lograba entender a qué se refería con eso. Simplemente asintió, insegura de su intención.

—¿Qué solución?

Él clavó su mirada en la de ella, tomándose su tiempo para responder.

—Un matrimonio por contrato —declaró sin rodeos.

—¿Qué? ¿Matrimonio por contrato? —exclamó Beth con incredulidad.

​Alex había anticipado esa reacción; un destello de incomodidad cruzó sus facciones. No estaba orgulloso de esta propuesta, pero no podía ofrecerle más que eso. Ella no le gustaba. Su corazón pertenecía a Elizabeth.

—Exactamente eso —confirmó—. Estaríamos casados solo de nombre, por un periodo establecido.

Beth lo miró boquiabierta. No se esperaba un matrimonio por contrato.

—Mira, te compensaré generosamente —la persuadió él—. Recibirás cincuenta millones de inmediato y otros cincuenta al finalizar el contrato, que sería de un año. También te daré una villa.

—¡Cien millones en total! —El aliento de Beth se detuvo.

​La suma era asombrosa, una solución para todos sus problemas. Aceptar este acuerdo cubriría el costo del tratamiento de su madre; podría pagar las deudas de juego de su padrastro e incluso recuperar su casa hipotecada. Por el resto de su vida, ya no tendría que preocuparse por el dinero. Ella y su madre podrían tener una vida pacífica y feliz en cualquier parte del mundo.

—¿Necesitas más? —preguntó él, con un rastro de escepticismo en su rostro.

—No... —dijo ella frenéticamente—. Es más que suficiente. Estoy dispuesta. Acepto su oferta.

​La mirada de Alex se estrechó mientras estudiaba a Beth. En parte esperaba que ella se resistiera ante su propuesta de matrimonio por contrato, pero aceptó de inmediato. Una punzada de repulsión hacia ella se instaló en su corazón. Resultó que tenía razón sobre ella.

«Es, igual que las demás, una cazafortunas».

​—Muy bien entonces —dijo cortésmente y enderezó su postura, fijando la mirada al frente—. Haré que mis abogados redacten el contrato. Puedes irte ahora. Mi asistente se pondrá en contacto contigo.

​Tan pronto como Beth bajó del coche, Alex le pidió al conductor que arrancara. El motor rugió y el vehículo se alejó como una flecha.

—¡Qué grosero! —murmuró Beth entre dientes, viendo las luces traseras desaparecer en la distancia. Pero la molestia fue rápidamente eclipsada por una oleada de alivio. El dinero, una suma que le cambiaría la vida, significaba que el tratamiento de su madre estaba asegurado. Una sonrisa genuina se extendió por su rostro.

—No es tan malo —murmuró—. No tengo que preocuparme por la cirugía de mi madre.

Se sintió esperanzada. El futuro prometía un nuevo comienzo, libre del peso aplastante de las cargas financieras.

​El agotamiento se aferraba a Beth como una segunda piel mientras entraba en su casa alquilada. El torbellino de la jornada le había pasado factura, y prácticamente se desplomó en el sofá; su bolso cayó al suelo con un golpe sordo.

—¡Bienvenida! —exclamó una voz alegre desde la cocina. Diana, la amiga y compañera de cuarto de Beth, se acercó a ella con una amplia sonrisa—. ¿Adivina qué? ¡Marcus prepara la cena esta noche!

​El entusiasmo contagioso en la voz de Diana logró que una sonrisa apareciera en el rostro cansado de Beth.

—¡Vaya, eso es increíble!

Marcus se acercó con una taza de café humeante.

—Pensé en invitar a las damas esta noche. Llegar temprano a casa, ya sabes, para tener contenta a la esposa. —Le guiñó un ojo a Diana, quien respondió con una sonrisa juguetona y seductora.

—De repente, estoy hambrienta —dijo Beth con una sonrisa, tomando el café que le ofrecían.

—¡Espera! —exclamó Diana, sorprendiendo a todos—. ¿Qué le pasó a tu mano? —Su sonrisa se había esfumado, reemplazada por un profundo surco de preocupación entre las cejas.

​Marcus, imitando la preocupación de su esposa, se inclinó más cerca, frunciendo el ceño también.

—Sí, ¿cómo te quemaste?

Beth suspiró dramáticamente, poniendo los ojos en blanco.

—Fue Vanessa. —A continuación narró lo que había ocurrido esa mañana. Sin embargo, optó por omitir el altercado en el bar, no queriendo agobiar a sus amigos con preocupaciones innecesarias.

​La expresión de Diana se ensombreció al mencionar el nombre de Vanessa.

—¡Esa perra! —masulló, mientras sus instintos protectores se activaban—. Necesita una buena lección. ¿Por qué no te quejas de ella? Tu jefe es amable contigo. Creo que él te ayudará a lidiar con ella.

​El rostro de Beth decayó. Había sido precisamente la amabilidad de Ryan lo que la había metido en este lío en primer lugar. Su prometida sospechaba erróneamente que ella coqueteaba con él y le causó problemas. Lo último que necesitaba era aceptar cualquier favor de su parte.

—No hay necesidad de involucrar a mi jefe por algo tan trivial —aseguró Beth—. Puedo ocuparme de Vanessa por mi cuenta.

—Tengo confianza en ti. —Marcus le apretó el hombro con seguridad, con su sonrisa inquebrantable—. Beth es fuerte y estamos orgullosos de ti.

—Al menos déjame curar esa quemadura —añadió Diana suavemente.

—No es nada, de verdad. Estaré bien —le restó importancia Beth.

​Pero Diana no aceptó un no por respuesta. Ignorando las protestas de Beth, la agarró del brazo con una fuerza sorprendente y la condujo hacia el dormitorio.

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