La luz sobre el quirófano finalmente se apagó. Beth, que había estado esperando inquieta lo que pareció una eternidad, se puso de pie de un salto; su ansiedad se transformaba en pura impaciencia.
Con la mano apoyada suavemente en su hombro, Alexander le ofreció una sonrisa forzada.
—Relájate, Beth. Todo saldrá bien.
Beth no podía relajarse. Sus dedos bailaban un compás nervioso y sus piernas temblaban debajo de ella.
—Eso espero —masculló—, pero ya no puedo esperar más.
—Beth —Alexander la obli