Los empinados escalones de piedra que descendían a la bodega de vinos subterránea estaban resbaladizos por la humedad y por siglos de historia fría e implacable. Santiago Belmonte no acompañó al joven traidor por las escaleras caminando. Arrastró a Mateo por el cuello de su arruinada chaqueta de mezclilla. Las botas del chico rebotaron violentamente contra la rígida escalera de piedra. Cada golpe sordo resonaba con fuerza en el túnel estrecho y claustrofóbico, sirviendo como una cuenta regresiv