Su respiración es superficial, irregular, como si cada bocanada de aire le costara un esfuerzo consciente.
Bajo el agua caliente, sus pezones están erizados, duros como guijarros rosados que suplican atención.
Entre mis brazos, Daniela se siente como un cable de alta tensión: vibra, crepita, emana una electricidad que me quema la piel y me enciende la sangre.
Puedo sentir la guerra que libra dentro de ella.
El orgullo chocando violentamente contra la necesidad cruda de entregarse, porque yo