No volvió esa noche.
Esperé. Dios mío, esperé como una idiota durante horas, sentada en la cama completamente vestida, la puerta entreabierta, escuchando unos pasos que nunca llegaron. Alrededor de las tres de la mañana por fin me rendí y me tumbé con la ropa puesta y me quedé mirando el techo intentando entender lo que había pasado.
Me había besado. Me había besado de verdad, de la manera en que lo había imaginado durante semanas, y luego se había ido como si no significara nada.
Como si yo no