Mariana avanzó con calma hasta colocarse cerca de ella, moviéndose con esa seguridad que solo el dinero y un apellido importante pueden comprar. Se miró al espejo y ajustó el escote de su vestido de novia con una parsimonia irritante, deteniéndose a observar con una sonrisa la argolla de matrimonio que ahora brillaba en su dedo. Emma estaba por salir del baño, ansiosa por escapar de esa atmósfera asfixiante, y de la amargura que no podía evitar que esa mujer le provocaba, pero Mariana la detuvo