Dos sirvientas entraron al comedor con delantales impecables. Emma las vio de reojo mientras intentaba mantener la espalda recta y el rostro quieto, sin mostrar que por dentro estaba tensa. Las mujeres comenzaron a servir con una coordinación perfecta: primero colocaron platos hondos con una crema de calabaza suave, para después dejar canastas pequeñas con pan tibio y mantequilla con hierbas. El olor era agradable, pero a Emma lo único que sentía era ese nudo en el estómago que se activaba cada