Robert regresó al salón con una calma que parecía haber borrado por completo la tormenta de la terraza. Caminaba con esa autoridad natural que inspiraba respeto en el resto, moviéndose entre los invitados hasta llegar al centro del salón. Catalina, por su parte, se limpió rápido los ojos con un pañuelo que llevaba en su bolso, respirando hondo para tragarse el nudo que le quemaba la garganta antes de regresar a donde estaba su hija. Angélica la recibió con una mirada analítica, pero no tuvo tie