Catalina contuvo el aliento al escuchar esa voz que seguía siendo tan grave y profunda como la recordaba en sus sueños más antiguos. Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa nocturna de la terraza, sino con el peso de una nostalgia que se le instaló en los ojos apenas se atrevió a girar el cuerpo. Robert Campbell estaba allí, a pocos pasos, observándola con una intensidad que parecía querer atravesar las décadas de ausencia. Él la veía y, en su mente, el tiempo se doblaba sob