Emma elevó el mentón. No se apartó. Al contrario, acercó sus labios a los de Benedict lo suficiente para que su aliento le rozara la boca. Su voz salió dulce, tranquila, con una calma que no era del todo real, pero sí convincente.
—Voy a pensarlo.
El brillo en los ojos grises de Benedict no cambió. No hubo molestia. Solo una sonrisa lenta, segura, como si esa respuesta le gustara más que un sí apresurado. Emma se incorporó con cuidado, apartó la mesa pequeña hacia un lado para poder bajar de la