Emma apenas había podido dormir, y no precisamente por la frialdad de la mansión o el susto en el hospital, sino por la abrumadora cercanía de Benedict. Había despertado sintiendo un brazo posesivo rodeando su cuerpo, una cadena musculosa y cálida que la aferraba al colchón con una firmeza que la hacía sentirse pequeña. Su corazón parecía acelerarse en una carrera desbocada cada vez que sentía la respiración de él cerca de su nuca, sobre todo cuando percibió esa dureza inequívoca presionando co