La madrugada estaba envuelta en un silencio ominoso, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento. Samer observaba la calle desierta desde la ventana del pequeño apartamento que había utilizado como refugio. Las luces titilaban en la distancia, proyectando sombras largas que se movían al ritmo del viento. Agatha estaba recostada sobre el sofá, su rostro marcado por el cansancio, pero también por una inquietud que se había apoderado de ella desde el último encuentro con su antiguo aliado.
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