Reina
El dolor venía en oleadas. No era lo suficientemente agudo como para hacerme gritar, pero tampoco lo suficientemente sordo como para ignorarlo. Permanecía en un punto intermedio, recorriendo mi cuerpo como un silencioso recordatorio de que seguía aquí, respirando y pagando por algo que no había hecho.
Miré fijamente al techo, inmóvil, dejando que el silencio me envolviera. La habitación de la curandera olía levemente a hierbas machacadas y a algo amargo, algo que me revolvía el estómago s