Reina
El beso sabía a hierro y a aire frío de la noche, una colisión de mi odio y su dominio inquebrantable. Quise morderle el labio hasta que sangrara, arañarle la espalda por la vida que acababa de extinguir en el suelo del salón de baile, pero cuando su lengua invadió mi boca, mis manos no se movieron. Se apretaron, mis dedos se enredaron en su cabello, atrayéndolo hacia mí hasta que no quedó ni un respiro entre nosotros.
«Me odias», murmuró contra mis labios, su voz una caricia oscura y ásp