Reina
Los días posteriores al enfrentamiento en el pasillo transcurrieron en una extraña y frágil calma.
No era pesimista, pero odiaba que esa calma me afectara de forma negativa. Intenté convencerme de que todo estaba bien, pero por mucho que lo intentara, esa inquietante sensación que me recorría la piel no desaparecía.
Para colmo, no vi a Tamar. Ni en los pasillos, ni en las comidas, ni merodeaba por los lugares que solía reclamar como suyos. Eso, por sí solo, me inquietaba más que sus grito