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Reina

Las cadenas pesaban más de lo necesario. No estaban hechas para sujetarme, sino para recordarme dónde estaba.

Un hierro frío rodeaba ambas muñecas, sujeto al respaldo de una estrecha silla de confinamiento situada justo afuera de las puertas de la habitación de Caine. El metal se hundía en la piel, ya en carne viva por haber fregado pisos ese mismo día, y cada pequeño movimiento arañó la herida aún más.

Tamar se había asegurado de eso.

"Que mire", había dicho con leve satisfacción antes d
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