Caine
Henry ya estaba en el suelo cuando regresé a la sala del trono. No era novedad que torturaba gente por diversión y el placer que ello conllevaba, pero esta vez, noté que era diferente. Sentía el latido de algo más en mis venas, y la mera visión de él era más que suficiente para avivar esa pasión de nuevo.
Al menos lo que quedaba de él.
La sangre resbalaba por la piedra bajo sus rodillas, oscura y desigual, como si el suelo mismo hubiera intentado tragárselo y hubiera fracasado. Uno de sus ojos estaba hinchado y cerrado, la piel que lo rodeaba morada y llena de ira. El otro me miraba con un terror desenfocado. Cualquiera con corazón lo compadecería, pero yo no. Demonios, quería hacerle daño aún más con solo mirarlo.
Tenía la nariz rota, era innegable; la sangre manaba a raudales y se mezclaba con la que le goteaba por la comisura de la boca cada vez que gemía.
Temblaba, no de frío, sino de mí. Pensarías que este era mi límite, pero apenas había tocado fondo con ese cabrón.
"Por f