Caine
Apenas la puerta se había cerrado tras ella cuando el silencio se apoderó de mí. No estaba vacío, ni tampoco tranquilo. Simplemente se sentía extraño, como si todo a mi alrededor contuviera la respiración, esperando a que hiciera algo que aún no había decidido.
No tenía ni idea de si percibía mi decepción, porque no me moví. Al menos no de inmediato.
Un suspiro de frustración burbujeó en la base de mi garganta, pero lo reprimí. Esta vez mis ojos se posaron en la mesita de al lado. La bandeja seguía donde Reina la había dejado, el plato intacto desde que Tamar casi lo había tirado al suelo. El vapor ascendía perezosamente, trayendo ese aroma amargo y familiar que no tenía por qué estar en mis aposentos, ni en mi cabeza.
Tamar seguía allí. Podía sentir su furia como calor en mi espalda, aunque pensé que habría captado la indirecta y salido furiosa de la habitación, como hacía cuando éramos niños.
"¿Qué demonios fue eso?" Su voz, cortante y desenfrenada, interrumpió el momento, aho