Reina
No lloré después de salir de su habitación, aunque las ganas de hacerlo eran más que abrumadoras. Ese solo hecho me inquietaba más que cualquier otra cosa.
Caminé por los pasillos con la cabeza gacha y la espalda recta, las manos entumecidas a los costados, el pecho vacío como si me hubieran vaciado por dentro. El escozor ya no era reciente. Ya se había convertido en algo más frío, algo más pesado, pero aun así, no extrañé el tirón casi familiar junto a mis ojos.
Dije que no iba a llorar,