—Lo siento, hermano, —Alondra se acercó rápidamente, con timidez dijo—, es mi culpa que tu esposa esté enojada... Debería disculparme con ella.
David sintió una oleada de disgusto y también encontraba falsa su actitud.
Pero al recordar que en la familia Quezada solo quedaba ella, no podía enfadarse con Alondra y se frotó las mejillas entumecidas con la mano.
—No necesitas disculparte, no es tu culpa.
—Compra lo que quieras, yo tengo que volver al hospital para mi turno de noche, —David sacó una