Cuando los tres salieron de la villa, ya estaba oscureciendo. David, con pereza, bostezó y pasó su brazo sobre los hombros delicados de Iliana, dando un pellizquito en su mejilla.
—Por tu jefa, me he movido todo el tarde, ¿no crees que deberías invitarme a una gran comida?
—¡Claro! —Iliana lo pensó un momento—. ¿Qué te parece si te llevo a comer los camarones a la Diabla? El que probé el otro día en aquel puesto estaba de rechupete.
David alzó una ceja, sus ojos como flor de durazno brillando co