Finge hasta que lo logres, me dije. Llevaba haciéndolo casi toda la vida. Echando los hombros hacia atrás, le dediqué una sonrisa radiante y doblé por la siguiente acera.
El portero me sonrió. —¿Puedo ayudarla?
—Hola, soy Aleena Davison.
Sus ojos se iluminaron. —Señorita Davison, la estábamos esperando. —Abrió la puerta y me indicó que entrara.
—Gracias —dije al pasar. Tenía un nudo en el estómago. Al entrar en el ascensor, me presioné la palma de la mano contra él. Los nervios y la resaca no s