Capítulo 120

El almacén abandonado en las afueras de Toledo olía a óxido y desesperación.

Entramos como una unidad de asalto disfuncional. Lorenzo por la izquierda, cojeando pero armado. Mateo por la derecha, con su navaja y una Glock robada.

Y yo por el centro, desarmada, pero con el teléfono en la mano y el proyector portátil que había sacado de la oficina de NexTech colgado del hombro.

—¡Quietos!

La voz de Dante retumbó desde la pasarela superior.

Alejandro estaba allí. De rodillas, con las manos atadas
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