El hospital zumbaba con una energía febril, pero para Valeria, el mundo se había reducido a la sala de espera, donde el tiempo parecía congelado. El aire olía a desinfectante y miedo, un recordatorio constante de la fragilidad de Pablo, su sobrino, que yacía al otro lado de la puerta del quirófano. Clara, sentada a su lado, apretaba un pañuelo arrugado, sus ojos hinchados por las lágrimas. Valeria quería ser su ancla, pero su propia alma estaba hecha jirones, atrapada entre la angustia por Pabl