El hospital zumbaba con una energía frenética, el aire cargado de antiséptico y el eco metálico de los carros de instrumental. Valeria y Diego irrumpieron en el salón de preoperatorio, sus pasos resonando como tambores en la quietud tensa. La sala, iluminada por luces fluorescentes que cortaban la penumbra, era un hervidero de actividad controlada. Los monitores parpadeaban con líneas irregulares, y el olor a látex y desinfectante impregnaba cada rincón. Valeria, con el rostro pálido como la ce