Sobre la cúspide de un precipicio, la imponente figura de un lobo alfa yacía inmóvil. Su espeso pelaje oscuro ondeaba con violencia bajo la brisa gélida, pero él no se movía. Sus ojos cerrados ocultaban el abismo de tormentos que lo consumía.
Por 3 días, Kogan y Rax se habían refugiado en aquel lugar solitario. La intención inicial era calmar su mente, hallar una solución que no destrozara lo poco que quedaba de su alma. Pero la realidad lo golpeaba con brutalidad: no había salida ilesa de aquel