Oshin, con su cara sonrojada y una sonrisa bellísima en sus carnosos labios húmedos, me miraba con una mezcla de nerviosismo y dulzura que me derretía por dentro.
Sus ojos, de un tono miel profundo, brillaban con una suavidad que me hacía perderme en ellos, y su expresión, a pesar de la tensión que evidentemente sentía, era tan malditamente tierna que no podía evitar sentir un calorcito en el pecho. Aquella mirada que reflejaba una vulnerabilidad que sólo él parecía mostrarme, me inquietaba y