La puerta del cuarto fue golpeada con fuerza por Ai mientras yo permanecía tumbada en el suelo, recostada contra la puerta, con la cabeza hundida entre mis rodillas, mis manos aferradas a mi cabeza, y las lágrimas que no cesaban de deslizarse por mis mejillas. Mi cuerpo temblaba, pero no de frío; era un temblor de dolor, de desesperación. Sentía un vacío tan grande en mi pecho, como si mi alma misma estuviera desmoronándose.
-Tienes que estar en la ceremonia, Fumiko. ¡Él era tu mate! -me rogó