El pacto de las víboras.
—¡Maldita mala suerte la mía! —bufó Claudia, mientras sus tacones resonaban furiosos sobre el pavimento del parqueo del laboratorio—. ¿Cómo es posible que esa estúpida desproporcionada tuviera tanta suerte? ¡El CEO debió fijarse en mí! ¡Yo soy la mujer con curvas, con presencia, con actitud!
Agitaba los brazos como una actriz en plena crisis nerviosa.
—¡Y ese imbécil de Leo! ¿Por qué no dejó que la puerta la aplastara? ¡Ugh, me enferma su estupidez! —Apretó los puños y aceleró el paso—. Ya no s