Me quedé cerca de la mesa del desayuno, aún en bata. Mis dedos sujetaban con suavidad una taza de té que hacía rato se había enfriado. Scott ya estaba vestido. Estaba junto a la ventana, mirando hacia los jardines. Se suponía que debía irse a la oficina. Había visto a su chófer dar la vuelta hacía media hora. Pero Scott no se había movido.
Cuando por fin pude hablar, le dije en voz baja: —¿No vas a llegar tarde?
Se giró un poco. Nuestras miradas se encontraron. —Me quedo en casa hoy —dijo.
—¿En