Capítulo 36. Un ojo en Londres

BRUCE

El laboratorio forense de Nueva York, con su luz blanca y el persistente olor a químicos, era el epicentro de la verdad. Habían pasado veinticuatro horas desde el hallazgo en el almacén, una espera que se sintió eterna. Reynolds y yo estábamos sentados frente a la doctora Evelyn Reed, una mujer de unos cincuenta años con gafas en la punta de la nariz y una calma que contrastaba con la tormenta en mi interior. Ella no se andaba con rodeos; su mundo eran las pruebas, no los sentimientos.

—L
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