Capítulo 85. La tempestad desatada
RANDALL
El tiempo en el hospital era un enemigo, pero mi convalecencia no duró. Al tercer día, me sentía mejor, más fuerte y, contra las órdenes del médico, me preparé para salir. Mi herida aún dolía, manifestándose como un pinchazo ardiente bajo la camisa, pero la adrenalina y la furia me mantenían en pie. Mientras me vestía con cuidado, James entró con una tableta, su rostro serio.
—Lo tenemos, Randall. —dijo, señalando la pantalla—. Una propiedad remota en los páramos de Yorkshire. Antigua,