75. Mil preguntas sin respuesta
Bajo del auto antes que Estela. En cuanto sus pies tocan el suelo, suelta un suspiro profundo. Sus manos tiemblan un poco, así que instintivamente me acerco y tomo las suyas entre las mías.
—Estás hermosa —le susurro, acomodando con cuidado la falda de su vestido para que no tropiece.
Ella me mira con los ojos brillantes, con la emoción a punto de desbordarse en lágrimas. Pero no llora. Sonríe. Una sonrisa enorme, llena de felicidad pura.
—No llores todavía —bromeo—. O arruinarás tu maqui