28. Ya no.

28. Ya no.

Me acerco, esta vez con más determinación, aunque el aire entre nosotros está cargado de peligro.

—No soy tu prisionera —digo, midiendo mis palabras—. No tienes poder sobre mí.

Vicente se pone de pie, dejando su copa en la mesa de vidrio con un golpe seco. Sus ojos oscuros están fijos en mí, y la tensión entre nosotros se convierte en algo más denso, casi tangible.

—Valeria, mi querida Valeria —susurra mientras se acerca lentamente, como un depredador acechando a su presa—. Nadie pue
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