Salgo de la mansión, los tacones resonando contra el mármol del suelo como una declaración silenciosa de victoria. El aire nocturno es refrescante, y sonrío para mí misma mientras me alejo. Afuera, uno de los guardaespaldas de Vicente me abre la puerta de un coche oscuro.
—¿A dónde la llevo, señorita? —pregunta con ese tono sumiso que todos los hombres de Vicente parecen adoptar automáticamente.
—No importa —respondo mientras subo al coche y me recuesto en el asiento de cuero—. Conduce.
El co