16. Todos tienen un punto de quiebre.
Me aparto con una lentitud deliberada, asegurándome de que él sienta cada centímetro de distancia entre nosotros. Me aliso la ropa, tranquilamente, mientras su mirada me sigue, oscura y peligrosa, como si intentara leer mis pensamientos. Pero nunca lo logra. Ese es su mayor fracaso: creer que en algún momento va a entenderme.
—¿Te vas a quedar ahí parado como una estatua toda la noche, Vicente? —le pregunto con una sonrisa perezosa, como si nada hubiera pasado.
Él no responde de inmediato. Se q