Maxime
Marc me fija, su mirada oscilando entre desconfianza y cálculo. Intenta ocultar su nerviosismo, pero percibo las microexpresiones que traicionan su incertidumbre. Sabe quién soy, o al menos, ha oído hablar de mí. Y si mi nombre solo no es suficiente para asustarlo, el arma bajo la servilleta en la mesa debería recordarle que está jugando en un terreno peligroso.
Léa, por su parte, no se mueve. Aprieta su taza de té entre sus dedos, con los nudillos blancos. Siento su tensión, su miedo, p