Alma estaba en la cocina cuando escuchó el timbre.
Había pasado gran parte de la semana intentando ordenar su mente. La conversación con Mateo en el jardín, las palabras de Esperanza, los recuerdos del fin de semana… todo se mezclaba en su cabeza como un torbellino imposible de detener.
Estaba preparando café cuando el timbre volvió a sonar, esta vez con más insistencia.
Frunció el ceño.
Caminó hasta la puerta y, al abrirla, se quedó paralizada.
Tomás estaba allí.
Pero no era el Tomás que ella