Ya había cenado, y el ambiente parecía tranquilo, como si los silencios incómodos se hubieran diluido con el postre.
Salimos a mi auto para llevarnos a su hotel y ver si tenía un momento privado con mi novio, después de un largo día tan pesado.
Pero bastó un susurro para que todo se torciera.
Loys se inclinó hacia uno de los monjes, hablándole al oído con una sonrisa ensayada. El joven, tras asentir con complicidad, se giró hacia mí con educación.
—Suzy, ¿te importaría si voy en el asiento dela