Esa tarde fui a ver a la doctora Evans a su consultorio. Quería saber en ciencia cierta si, en efecto, yo era una mujer lobo. Debía confiar en ella, además, porque la sabía una buena amiga. Le contaría todo, que conocí a la jauría de Waldo y de Garret, de los cazadores de lobos y que posiblemente yo era una cánido como ellos. No tenía otra alternativa si quería saber la verdad.
La encontré limpiándole las orejas a un gran perro pastor alemán. Yo ahora estaba a la defensiva. Pensaba que pos