Hristo Zhechev nos atacó esa misma noche, cuando salíamos del diario y Waldo me acompañaba, como siempre, a mi casa. Aquel era un tipo bien preparado, muy listo y sagaz. Ya sabía que Bonev, mi enamorado, trabajaba en el periódico conmigo, también sus horarios de entrada y salida y que yo era su novia y que solíamos pasear por parques, íbamos al cine o al teatro o a mirar tiendas, antes de que él me dejara en casa. Zhechev estaba informado hasta del más mínimo detalle de la rutina de Waldo.